Wednesday, June 14, 2006

MANIFESTO

No hay nada menos cierto que la idea de la universalidad de la poesía, si a esta la entendemos como un fenómeno artístico que no sólo ha abarcado todos los tiempos históricos; sino además influenciado a todos los tipos de hombre a través de los años. ¿Se puede concebir una vida digna, vigorosa y feliz sin poesía? No hay que ser incendiario, profano o un paria visionario para responder: sí, se puede. Se trata más bien de dar respuesta a una pregunta capital con todo el miedo y el desprejuicio posibles. Se trata de no sólo proponernos sino de exigirnos una nueva mirada sobre la misma vieja tabla de barro y percatarnos que no una, sino muchas caligrafías convergen en ella, y todas muy humanas. Queremos decir: nuestra idea de un arte sagrado e irrevocable es ya insostenible. No hablamos del Arte. Hablamos de la poesía como una de las tantas expresiones de esta necesidad del hombre de crear y de llamar a esto creado “Arte”. No nos interesa saber el por qué de la existencia de esta necesidad. Lo que nos interesa saber es si, dispuesto el mundo como está, la poesía se ha transformado en algo inevitable, necesario en el campo de las artes y hasta qué punto puede influenciar a los otros campos de la actividad humana en nuestro tiempo.

¿Qué valor podría tener un acto tan íntimo, solitario y a veces hasta hermético para el desconocido? Y no nos referimos a cualquier desconocido. Es sabido que entre los propios poetas la carencia de diálogo, confianza, espacios promisorios, envidias intestinas y el simple desinterés han ocasionado un refugio cálido y complaciente de tribus cada vez más reducidas, atomizando sus actos y voces. Anquilosada y fragmentada la energía, acariciándose mutuamente los egos ¿Qué podemos decir del común transeúnte, que se detiene en las esquinas, bajo las sombras de los kioskos, y en la apoteosis de su actividad como lector ametralla con la mirada los titulares de los diarios? Quizás volver a complacernos en el conocimiento de que la poesía no está hecha para todos. Pero entonces, qué pensar si un doctor o un obrero, bajo circunstancias particulares de pronto sintieran un hálito de esperanza en medio de su desasosiego al leer un verso o poema de Hölderlin o Miguel Hernández. Podría considerarse entonces una victoria. Casi una justificación. Pero no se trata de nuestra victoria, no de nuestra justificación. Permítase a los muertos sentirse satisfechos. A los vivos no. Para los vivos, el camino aún no ha llegado ni a la mitad de nuestro fin. Queda mucho por escuchar y mostrar. Entonces, aquel acto si tendría un sentido, por más íntimo, solitario, hermético o inservible que pueda ser. Y en ese sentido, un Festival de Poesía no puede ser más un encuentro de vanidades. Mucho menos la dirección política de un puñado de intelectuales “socialmente concientes” Es hora de que los poetas empiecen a hablarnos libremente y nos digan algo que sobrepase sus propios egos. Es hora de mirarnos a los ojos y saber que nos está pasando.